Poco después de la explosión, los prisioneros -civiles- fueron puestos en libertad por las fuerzas especiales británica y estadounidense. El verdugo al que mató «in extremis» el soldado británico ya estaba en el punto de mira de Estados Unidos. Su forma de sacrificar a los prisioneros -quemandolos vivos- había hecho saltar las alarmas.
Otra fuente también declaró al periódico: «El equipo militar que salvó a los rehenes de manos de Daesh había recibido el aviso de que la ejecución se haría allí. Por eso tomó una posición privilegiada: se veía el pueblo desde arriba». A lo que añadió: «Doce civiles iban a ser asesinados -ocho hombres y cuatro mujeres. Eran sospechosos de espionaje. El verdugo pronunció una especie de discurso incoherente. Cuando se disponía a realizar la matanza el francotirador del SAS abrió fuego».
Este rescate se produce pocos meses después de que otro francotirador, también de las fuerzas aéreas británicas, destruyese dos coches bomba de un solo disparo, cuando estaban siendo conducidos en dirección a Libia. Los yihadistas querían llevar una a bomba a Trípoli, donde tenían planeado atentar contra un mercado, revelan los servicios de inteligencia. Salvó cientos de vidas al disparar al conductor en la cabeza a una distancia de 1.000 metros. La bala atravesó el cráneo del conductor y alcanzó a su copiloto en el cuello. Los mató a los dos.
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