Ser enterrado vivo está, sin duda alguna, entre las peores pesadilla que pueda tener un ser humano. Por desgracia, es lo que le sucedió a Rosangela Almeida dos Santos, mujer de nacionalidad brasileña y de 37 años de edad. Al menos es lo que sus familiares cuentan.
Rosangela sufría desde su niñez de ataques epilépticos. Tras una de sus muchas crisis, la mujer fue ingresada el pasado 22 de enero el Hospital do Oeste en Barreiras, en el estado brasileño de Bahia. A los 7 días de su ingreso, se certificó su defunción por un shock séptico.
Los familiares le dieron sepultura en el cementerio de su ciudad, pero pronto comenzaron a ocurrir cosas extrañas. Varios vecinos de la calle aledaña al campo santo aseguraron escuchar gritos, golpes y gemidos provenientes del interior de la tumba de la mujer. A los 11 días de su entierro, los residentes dieron la alarma a la Policía.
Se tomó la decisión de desenterrar el ataúd para comprobar en qué estado se encontraba el cuerpo. Los familiares de Rosangela cuentan que se encontraron clavos del ataúd sueltos. También se encontraron lesiones en el cuerpo de la víctima que no tenía antes de su entierro. “Ella trató de abrir la tapa, incluso se notaba que había intentado clavar las uñas”, sostiene la madre de la fallecida, Germana de Almeida. “Sus manos estaban heridas como si hubiera estado tratando de salir. Sus pies todavía estaban calientes”.
“Cuando llegué justo en frente de la tumba, escuché golpes desde adentro. Pensé que los niños que jugaban en el cementerio me estaban gastando una broma. Luego escuché otros dos gemidos y finalmente la voz se calló”, relató una vecina.
Alertaron a los familiares y éstos rápidamente acudieron al lugar para liberarla. Pero ya era tarde. Dos Santos había muerto mientras intentaba escapar y su cuerpo seguía tibio.

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